

Ya he vuelto de Israel.
Mejor será que no consulte mi moleskine de viaje porque sus páginas aún me devuelven el atolondramiento de cien lugares visitados a carrera diaria: Nazareth, Belén y su impresionante muro palestino, el Mar Muerto, el lago Tiberíades, el Santo Sepulcro, el desierto de Judea, la fortaleza de Massada, etc, etc.
Me preguntaban hoy si había sentido en algún momento ese escalofrío que recorre la espina dorsal de casi todo católico cuando visita la tumba de Cristo. No. Y el establo donde nació. No. Y la casa de la Virgen María. No.
Y es que ¿cómo meterse en escena cuando encima de cada lugar histórico-sagrado han edificado sucesivas iglesias, dejando sepultados los pocos vestigios que quedaron de una vida, XXI siglos atrás? La imaginación ha de estrujarse en un alarde de virtuosismo para visualizar una crucifixión en el Gólgota, ahora que el monte está allanado y camuflado bajo una impresionante basílica que aúna, en pocos metros, cruz y sepulcro.
Me resultó mas fácil, en cambio, en el rio Jordán, porque sus aguas verdes y sus riberas afortunadas conservan aún la naturaleza que bien pudiera tener en aquellos dias. El guía tuvo la deferencia de dejarnos unos minutos libres para tocar esas aguas bautismales y recrearnos en el paisaje, aunque, como bien sabíamos todos los allí presentes, nosotros no estábamos en calidad de peregrinos, como otros grupos parroquiales con los que nos cruzábamos por doquier, con la cruz a cuestas y sus rezos.
El hecho de entrar en Belén es, cuanto menos, impactante. Es territorio palestino y como tal, se halla rodeado de un colosal muro de hormigón y alambrada espinosa, como la corona de Cristo, quién se lo íba adecir a Él : 2008 años después su cuna inocente lleva también el estigma que coronó su frente al morir.
Los judíos tienen prohibido poner el pié en Belén, así que cambiamos momentaneamente nuestro guía por otro musulmán, justo antes de cruzar la frontera. Sólo visitamos la iglesia ortodoxa que ahora rige el pequeño "portal" subterráneo donde se supone que nació Jesús. Y vuelta a cruzar la frontera de regreso. Esta vez subieron a inspeccionar el autobús, primero un soldado palestino con gafas de espejo macarriles y metralleta en mano, y luego un par de soldados israelíes, sin gafas, pero también armados hasta los dientes.
Sobre el cielo de Nazaret, de nuevo el ejército nos recordó que estábamos en tierras conflictivas: nos sobrevolaron tres aviones caza a baja altura, de maniobras, y unos segundos después se escuchó una especie de bombazo que dejó en la llanura, junto a la ciudad, un humo negro, delator del tiro. Todo normal allí, nadie entre los autóctonos se inmutó ante este hecho, y los foráneos optamos por mimetizarnos con ellos y tomar como cotidiano lo que en nuestro país sería alarmante. Y es que en Israel es así, se convive con la prevención mas absoluta sin reflejar miedo, y los extranjeros, por tanto, no sienten miedo. La convivencia entre judíos, musulmanes y cristianos es perfecta; podría contar varias escenas vividas entre las callejuelas de la ciudad vieja, los saludos mas o menos cordiales entre los comerciantes árabes y los fieles judíos en su paso hacia el Muro de las Lamentaciones. O las charlas de los retenes israelíes en sus interminables guardias con los camareros musulmanes, que abrían sus bares en el sábado sagrado de los hebreos.
No quiero extenderme en detalles cansinos de estos dias pasados en Tierra Santa, pero sí contar algo singular entre las singularidades que ofrece ese país. En el Muro de las Lamentaciones hay situadas tres cámaras que transmiten en directo, 24 horas al dia, imágenes de la plaza en una página de internet:
La noche del sábado me hallaba allí, sentada al fresco de una noche que nos bendecía por haber soportado casi a diario 44 ºC. Lo que ocurría ante mis ojos parecía envuelto en un halo sereno, beatífico; oleadas de orantes entraban y salían del recinto, algunos cantando bonitos cánticos en hebreo, otros en silencio, con sus hijos de la mano. Llamé a una de mis hermanas que vive fuera de España y le propuse conectarse a la página, para que contemplase esa escena única. Y así, en tiempo real, me localizó en la pantalla y compartimos mirada y emociones durante unos veinte minutos. Es difícil encontrar palabras que describan , medianamente, lo que todo ello significó.
Nota 1: encabezando el texto, a mano izquierda, una foto del sol iluminando el Lago Tiberíades (o Mar de Galilea). Sobre sus aguas, cuenta el Nuevo Testamento, caminó Jesús sin hundirse. A mano derecha, un grupo de niños judíos ortodoxos hacen un descanso en la escuela matutina a la que acuden cada Shabat. Pude tomarles la foto porque estaban muy ocupados entre sí como para prestarme atención. No les gusta que se les fotografíe.
Nota 2: acabo de enterarme, por televisión, de un atentado en Jerusalén. Un bulldozer ha arrollado todo lo que encontraba a su paso, provocando 4 muertos y mas de 30 heridos. Al mirar bien las imágenes he comprobado que ha ocurrido en la parte trasera de mi hotel, el Moriah, donde daba mi habitación. Allí había obras de remodelación de una gran avenida que separaba la acera de un barrio judío. Me he quedado muda.
Shalom, Israel.