Una tarde, al salir de clase, decidí caminar un poco antes de coger el metro de vuelta a casa. Hacía buena temperatura, algunas tiendas estaban todavía abiertas y yo tenía tiempo para vagar a mi antojo.
Al pasar por la glorieta de Bilbao me paró una chiquita jóven para informarme y hacerme socia de una fundación para la leucemia. Me entró una cierta desesperación y, a la mínima de cambio, le solté una trola: "
perdóname, es que voy a clase y tengo prisa".
Segundos después, ante su parloteo, segunda trola: "
ya he visto vuestra labor por internet".
Crucé la calle y me salió al encuentro otro chico con la misma cantinela, y, por supuesto, volví a la bola primigenia:
que íba a clase con muuucha prisa. Es decir, en menos de 50 mt y de 2 minutos pequé 3 veces, como San Pedro, lo que me hizo pensar en cuántas veces mas habría faltado a la verdad a lo largo del día.
Estoy convencida de que, si hiciéramos recuento, nos sorprenderíamos de la cifra y creo recordar que ya se han hecho estudios sobre la cuestión; que se da "por normal" estas mentirijillas a diestro y siniestro; que se miente por diferentes y casi sanos motivos y, salvo los casos patológicos, las trolas sociales se aceptan con manga ancha.
Cuando le dije a aquellos postulantes de la leucemia que íba a clase y no podía pararme a escucharles ¿por qué lo hice? No podía decirles que no me interesaba NADA el tema, hubiera quedado grosero e insolidario. En realidad no tenía palabras para quitármelos de encima sin quedar por los suelos y sin ofender, cuando mi motivo único y egoísta era el deseo de pasear por la ciudad a mi aire, a mi paso y a mis cosas, sin interferencias. Quería soledad y ensimismamiento y, de pronto, alguien me venía a recordar que uno no debe mirarse el ombligo viviendo en comunidad.
Hoy en día se piensa que el ser humano empezó a
mentir para sobrevivir, allá en el orígen de los tiempos. "
Mentir por necesidad". Pero las necesidades pueden ser infinitas, y también sencillas, como ese sencillo anhelo de volar sólo conmigo de acompañante.