miércoles, 1 de febrero de 2012

La ingrata juventud

Cuando uno es jóven no piensa que puede ser desagradecido, sobre todo por omisión y dejadez. Cuando se es jóven, realmente, no se piensa casi nada.
Hace unos días he ído-por fin- a visitar mi antiguo colegio, antaño cuajado de monjas y alumnado femenino, hoy repleto de profesores seglares de ambos sexos y alumnos ídem. Me reencontré con mi querida señorita de 4º de E.G.B., gallega de nacimiento, a la que yo adoraba con mis 10 años, aunque no fuera consciente de hasta qué punto. Nos enseñaba villancicos de su tierra con pasos de muñeira y así se lo canté: "Tocad as cunchas pastores tocaaaaad"... Ella se quedó maravillada de que aún recordara esta letra. Lidia sigue juvenil y serena, parece que no han pasado los años por ella.

De todas mis profesoras de entonces el 98% están jubiladas; algunas monjas ya han muerto, pero pude visitar a la que nos cuidaba en los recreos y las horas de estudio, una granadina paciente y salerosa a la que hicimos la vida imposible, seguramente. La madre Varela tiene ahora Alzheimer y no recuerda nada, pero me recibió con su boca amplia tal y como yo la recordaba y cargadita de canas. En medio de mi abrazo y mis besos siguió sonriendo mientras yo soltaba un torrente de lágrimas que llevaban pujando por desatarse toda la mañana.
Después de recorrer aulas y galerías, los jardines y la fabulosa capilla (los colegios religiosos de otras épocas se caracterizan por la majestuosidad de sus instalaciones), volví a mi casa con paso lento y un nudo en la garganta. ¿Cómo es posible que yo haya tardado tal barbaridad de años en visitar a mi gente, esa gente entre la que crecí y que fueron mi abrigo en horas escolares? ¿Por qué no me dí cuenta de que el tiempo correría en nuestra contra, siempre, y que alguna de ellas se me quedaría en el camino?
Como yo me he dedicado un tiempo a la enseñanaza sé muy bien el cariño que se toma a los alumnos (a ciertos alumnos) y la gratitud con la que los recibes si van a verte cuando son ya profesionales de lo que sea.
Pero cuando eres jóven sólo miras adelante para comerte el mundo, dando por hecho que te esperan cien mil días para jugar con ellos en cuantas combinaciones y variaciones se te ocurran. Lo de atrás, atrás queda.
Qué dejadez mas inconsciente y mas ingrata. Lo malo es que cuando te das cuenta, ya no hay remedio.

13 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Vaya, qué agradable sorpresa, ya pensaba que nos habías abandonado.

Tienes mucha razón en que uno se olvida de ser agradecido, incluso cuando ya no se es joven. Yo tengo que obligarme muchas veces a ello.

Sin embargo, no es el caso con mi antiguo colegio. Pero eso no quita que entienda tus emociones con esta visita que nos cuentas. Un beso.

José Miguel Ridao dijo...

Qué entrada tan entrañable, Mery, te ha sentado muy bien la vuelta, y esa visita tan postergada, pero así la emoción ha sido mayor. Yo lo experimenté en las bodas de plata de mi colegio, los Maristas, y me dio pena el cambio, pero a la vez recordé cosas que creía olvidadas.

Un beso muy fuerte.

Mery dijo...

Miroslav: es cierto que he estado muy desganada con esto de internet en general, como si la vida me reclamara para otros menesteres.
Yo te agradezco tu visita, siempre.
Un fuerte abrazo

José Miguel: es cierto que uno empieza a recordar ciertas cosas que parecían olvidadas para siempre, como el nombre completo d elos compañeros de entonces (que eran aulas de 40 alumnos).
Casi, casi diría yo que parece que ese niño que se fué, vuelve con los mismos olores, miedos y alegrías.
Un beso muy fuerte para ti también.

Pet dijo...

Se te nota emocionada con los recuerdos. Todos necesitamos tanto afecto, verdad?
Me alegro de volverte a encontrar escribiendo.

Olga Bernad dijo...

Ay, Mery, pero es que no hay nada más extraño que la juventud excesivamente consciente. Esas ganas de mirar solo hacia adelante... hace falta tiempo para que empecemos a echar de menos determinadas cosas. Y, cuando lo hacemos, vemos que el tiempo ha volado casi todos los puentes.
Pero qué bonita entrada. Es sobre tu vida y también un poco sobre la de todos.
Un beso.

Mery dijo...

Pet: si, emocionada y felíz de haberme reencontrado con tantas sensaciones. Gracias por tu visita

Olga: un jóven demasiado juicioso resulta un viejo prematuro, siempre se ha dicho. A cada edad lo suyo. Aunque no estaría de mas un poquito mas de sabiduría en esas edades locas.
Pasé una mañana muy bonita entre aquellos muros y sus gentes, aunque me faltaran unas cuantas...
Un beso, mañanero hoy

Javier Arnott Álvarez dijo...

Me alegra haber recuperado tu voz en este mundo, mundo al que sabes poner los acentos en aquello que realmente importa.

Álvaro dijo...

Me dedico a la enseñanza, como tu en un tiempo, y veo que sientes como yo la gratitud de las visitas con el tiempo. He experimentado,y experimento, esa lógica separación que aumenta con los años, y, en muchos casos, sufrí y apené esa distancia. Me consuela saber, sin embargo, que ellos y yo habitaremos por siempre en esa parcela destinada a los recuerdos que no se borran, a la parcela del origen de muchos deseos y experiencias, y a la que se puede acudir física o emocionalmente a lo largo de toda una vida. Como tú has hecho. Me hace feliz reencontrarte. Un beso

Mery dijo...

Javier: felíz yo de saberte por aquí....y por allí.
Un beso

Alvaro: ay, la Enseñanza, ingrata y grata a partes iguales. Ahora mismo creo que me costaría mucho volver a ella, pero bien es verdad que siempre sobreviven los buenos recuerdos, tanto de alumno como de maestro.
Un beso

Sombras Chinescas dijo...

Cuando se comienza a evocar el pasado, en lugar de anhelar el futuro, se ha atravesado un punto de inflexión.
Bienvenida de nuevo al bloguerío, Mary.
Saludos.

enrique dijo...

En abril del año pasado acudí a mi colegio de toda la vida a celebrar el 25 aniversario de mi promoción de COU. Fue muy emocionante volver a ver a antiguos compañeros y profesores, agustinos y laicos.

Mery dijo...

Sombras: gracias, aquí estamos de nuevo.

Enrique: recuerdo muy bien tu entrada, con foto incluída. El tiempo pasa que da gusto...

Darcy dijo...

Emocionante relato, Mery. Qué injustos y egoistas somos tantas veces con los demás. Al menos, a veces nos queda la dignidad para reconocerlo en los momentos más insospechados. Me ha encantado este post. Un beso.