lunes 16 de noviembre de 2009

Este abandono mío


Este abandono mío no es dejadez ni olvido, querido blog creado al amor de la palabra.
Este no abrir tu puerta al aire puro de otoño y la persiana bajada a la luz divina del alba. Este no atender a las visitas como se merecen mientras miro con melancolía sus huellas por el camino de entrada.
Este abrir la cancela de tu jardín azul y no traspasar los umbrales porque el miedo a quedarme muda paraliza mis pies y mi corazón.
Miro mis manos que sufren de inanición y están quietas.
Querido blog, este abandono mío no es dejadez ni olvido, ni hastío ni pereza. Es la vida, que se me impone.

lunes 9 de noviembre de 2009

El Café Colgado


Hay en Praga un pequeño y céntrico local llamado "El Café Colgado" o "U zavesenyho Kafe". Me entero por J.J Armas Marcelo de que está en plena calle de Jan Neruda, la misma que subí y bajé incansable hace unos pocos veranos sin saber que allí se encontraba este curioso establecimiento. Puede incluso que entrara en él y que, desconociendo el idioma, me fuera imposible apreciar el intercambio de caridades que guardaban sus paredes.
Parece ser que lo frecuente es tomar un café y pagar dos, es decir, dejar "uno colgado" para que lo disfrute quien no disponga de dinero y desee entrar en calor durante esos largos inviernos de Praga. El hecho me ha dejado pensativa en muchos aspectos. Qué bonito y barato gesto de caridad: una taza de café calentando la garganta de, quizás, un poeta, una mujer solitaria, un jóven sin un primer trabajo.
Si yo viviera en Praga, si me fuera concedido un mes sabático de enero, a veinte grados bajo cero, iría de mañana a tomar un té y dejaría pagado otro. Esperaría el tiempo que fuera preciso para ver el aspecto del parroquiano junto a la barra: ¿hay algún café colgado?
Mirándolo intentaría averiguar si es, como imagino, un poeta sin editor, o una mujer desparejada, un jóven sin oficio o un simple caradura, que también los habrá.
Hay que ver lo díscola que se vuelve la imaginación cuando una lee tres cosillas en el periódico.

viernes 6 de noviembre de 2009

Otoños


La Naturaleza siempre es bella, sea cual sea la estación del año en que nos encontremos.
Así venga cargada de veneno, como esta cesta de amanitas muscarias, la Naturaleza es generosa en beldades cuando llega el otoño.
Lo que no entiendo es por qué no se comporta igual con el ser humano, que al llegar al otoño de su vida comienza a perder lozanía, guapura y frescura.
En este punto no hubo acuerdo durante el Génesis, imagino.

lunes 26 de octubre de 2009

No estar


¿No les ha pasado a ustedes estar en un lugar y tener en mente que deberían estar a la vez en otro distinto?
¿Y no sólo en ese otro lugar, sino en tres o cuatro mas , con la misma necesidad imperiosa, bien por querencia propia o porque alguien así se lo requiere?
Una suerte de trilocación o infinitilocación imposible...
Y, cuando eso les ocurre ¿no anhelan, vehementemente, no estar?

jueves 22 de octubre de 2009

Cantidad y calidad


A veces una se encuentra reflexionando inconscientemente sobre pequeñas cosas de su vida, que luego resultan no ser despreciables en absoluto.
En uno de estos pensamientos al vuelo me he hallado cavilando sobre los afectos y querencias que tenemos a determinados objetos y gentes de nuestro entorno. Cuando era niña tenía un apego absoluto a "mi lápiz, mi reloj verde, mi pañuelo, mi madre, mi padre, mi hermana R., mi abuelo, mi amiga E., mi perra ..." Es decir, tenía un sólo elemento en cada compartimento al que adorar y cuidar y aquellas sensaciones me parecen ahora fantásticas.

Con la juventud, el abanico se hizo mas y mas amplio; florecieron amigos, relojes, las hermanas mayores que antes estaban fuera de mis juegos y mi mundo. El pañuelo de tela de flores que mi madre guardaba en mi manga para limpiarme los mocos quedó desterrado y sustituído por kleenex con olor a menta que ya no limpiaban mocos, sino exceso de colorete. Mi abuelo murió y mi perra Lita dejó paso a una larga lista de mascotas.
Con la juventud empecé a desear muchas mas cosas y mas gentes, en progresión geométrica, creyendo que tanto abuso era necesario. Pero no lo era, sólo significaba una expansión atolondrada y una búsqueda de lo desconocido. Tanta querencia repartida no podría ser muy profunda.

Con la madurez, vuelvo poco a poco a simplificar mi vida, consciente de que algunas abundancias traen mas quebrderos de cabeza que otra cosa, y sueño con desprenderme de incómodos lastres. Quisiera volver a tener mi reloj, mi boli, mi pañuelo, mis gafas de sol...Pocas pertenencias y muy amadas.
Eso, en cuanto a objetos inanimados, que de los que tienen alma, tengo muy claro que quiero a cierta gente y que la quiero mucho.



miércoles 14 de octubre de 2009

El caos y el órden


Cuando llevaba mas de un cuarto de hora acomodada en su asiento del avión aún seguía repitiéndose para sí: 14 E y 14 F. Ya no le hacía falta recordar sus plazas asignadas pero no podía evitar que esas cinco palabras brotaran en medio de sus pensamientos, sin aviso ni deseo.
Miró hacia el techo y vió que en todas las filas, delante de ella, se repetían las mismas letras: D E F. Y a la izquierda del pasillo: A B C. Sin variación ni error, ordenaditas como buenas niñas. Miró obstinada por si alguna fila se hubiera sublevado y se leyera E D F. Nada, rigor absoluto de la fila catorce en adelante; era de suponer que detrás sucedería lo mismo. Una lástima.
Miró la perfecta alineación de las señales en las puertas de emergencia, los luminosos de abróchense los cinturones apagados en el mismo instante, las medidas exactas del carrito que arrastraría después el azafato pasillo arriba y pasillo abajo.
Por la ventanilla atrás quedaba una pista de aterrizaje iluminada con focos simétricos, guardando entre sí la misma distancia entre uno y otro, y entre el siguiente y el siguiente. La pista hubiera continuado recta hacia el infinito, paralela a la autopista donde los coches hubieran circulado infinitamente sin tocarse con el avión, tan exacto era el cálculo de las distancias.
Y el avión daba leves botes atravesando las nubes, con el justo intervalo de tiempo para contar hasta cuatro y esperar al nuevo bache. Nadie hablaba.
Todo era armónico, perfecto, esperable.
Y, entonces, se preguntaba ¿ a qué este desequilibrio entre el órden del universo y el caos de mi cabeza?

viernes 9 de octubre de 2009

Hoy tengo un sueño


El mismo día leo en el periódico dos noticias distintas en sí mismas, pero conectadas en su esencia mas intimamente de lo que se pueda pensar. Las dos en la sección "Cultura".
Si una engrandece al ser humano por su capacidad creativa, la otra lo ridiculiza por su miserable enanez mental.

1. Los e-books nos permitirán llevar en un minúsculo espacio cientos de libros (Amazon aterriza en España con su Kindle ad hoc). Podremos llevar en el bolsillo escritores de todas las épocas, hermanados en la pequeña pantalla por los lazos mas sublimes que alguien pueda anhelar.

2. En Sevilla, Izquierda Unida impide el "Homenaje literario a Agustín de Foxá en el 50 aniversario de su muerte". Las causas de la censura fueron que podía convertirse en un acto de apología del franquismo (!!) y por respeto a la memoria histórica (!!). Antonio Rivero Taravillo y Aquilino Duque reinventaron el acto bajo las estrellas y la jacarandá, es decir, al aire libre.

La casualidad ( a veces no me la creo como tal) me trae a las manos un discurso de otra época, otra situación, otro país y otras gentes, pero oigan ustedes: ¿por qué será que no se habla de lo mismo, pero sí se refiere a lo mismo?

"Yo tengo un sueño...
Suene la libertad. Y cuando esto ocurra y cuando permitamos que la libertad suene, cuando la dejemos sonar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada estado y cada ciudad, podremos acelerar la llegada de aquel día en el que todos los hijos de Dios, hombres blancos y hombres negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, serán capaces de juntar las manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: “¡Al fin libres! ¡Al fin libres! ¡Gracias a Dios Todopoderoso, somos al fin libres!”

Fin del discurso de M. Luther King Jr. (agosto de 1963)

martes 6 de octubre de 2009

Furtivas


Lo de hoy es una confesión, un mea culpa: estoy observando que de un tiempo a esta parte cometo hurtos a discreción. Robo flores, por ejemplo.
Robo hortensias de los jardines comunitarios, cuando son grandes y frondosas, las seco boca abajo en la oscuridad de un armario y después las coloco en un jarrón de casa. Espío instintivamente los parques y los asalto de noche, como un vulgar ladronzuelo, armada con tijeras de cocina por si el tallo se me resiste. Me culpo de haber asaltado incluso el jardín de mi comunidad y haber arrancado a cuajo cuatro cogollos floridos.
Ahí no queda todo, no señor. El fin de semana pasado estuve en el pueblo de mi madre, paseando cada tarde al caer el sol, contemplando maravillada la recolección propia de la temporada: todo el campo está ahora en afanosa cosecha de tubérculos, de hortalizas, y ese oleaje de tierra removida me deja embriagada. No puede ser que tanta belleza despierte en mí las ganas de apropiarme de lo ajeno. Pero sí. Cuando ya casi se ha puesto el sol del todo y los hombres y mujeres del campo abandonan sus huertas, dejan una estela descuidada acá y allá, como al tuntún, y ese desbaratamiento me llama poderosamente la atención. Así que ahora también robo patatas; en cada paseo, cuatro o cinco, que meto en mis bolsillos para que no se note mi desvergüenza.
Para las gentes del pueblo podrá ser escandaloso, y pueril; ya quisiera yo explicarles, si me pillaran, que los que somos de ciudad encontramos irresistible tomar estos frutos de la tierra así, de primera mano; olerlos, quitarles la tierra y volverlos a oler. Llegar a casa y comerlos con la satisfacción de la aventura.
De vuelta a casa pisoteo, sin querer, a otras compañeras de profesión, furtivas como yo: varias hileras de hormigas - se podrían contar a miles - arrastran sobre sus cuerpecitos otras miles de pipas de girasol que han descubierto junto al camino, en un montón gigante y negro como la noche.



sábado 3 de octubre de 2009

Podría hablar


Después de haber hablado en mi última entrada de Muñoz Rojas y haber releído en soledad alguno de sus poemas con motivo de su muerte, abro este blog y me encuentro con que no tengo nada que decir, y no sé si echar el cerrojo hasta, quizá, mañana, o poner las manos sobre el teclado y que mis manos decidan por mí..

Podría hablar del aperitivo en una terraza con J y del libro que me regaló (fruta a la que exprimiré todo el jugo que pueda - al libro, digo, no a J-). A J no se le puede exprimir, es ave de vuelos imprevisibles.

Podría hablar del par de horas que charlé con F en una tarde que amenazaba lluvia, frente a un par de coca colas, aunque hubiéramos preferido un té de cosecha temprana. La conversación giraba en torno al ego y en desaprender lo aprendido, lo que podría ser la felicidad para unos y para otros. Apenas una hora después yo le estaba diciendo a un familiar: mi máximo afán, ahora, es ver a mi madre feliz. Y comprobé lo que F y yo acabábamos de concluir: que todos somos egoístas a la hora de buscar nuestra felicidad.

Podría hablar de que sueño a menudo con mi padre; estoy llegando a la conclusión de que traerlo a mis sueños es la mejor manera que encuentro de volverlo a ver, porque habla y se mueve, y es mucho mas real así que cien veces que mire su foto.

Podría hablar de lo que pienso y me callo, de lo que hablo de mas y no pienso. Quizás todos los afanes humanos versan incansablemente sobre lo mismo y hoy podría hablar sobre ello, pero es que me entra una pereza...


miércoles 30 de septiembre de 2009

Discreto, siempre, el poeta


José Antonio Muñoz Rojas, el poeta de Antequera, ha muerto sin hacer ruído, quizás porque sus cien años así lo requerían. Mi descubrimiento de él fué tardío, pero gozoso, y con todo mi respeto quiero rendirle homenaje en esta página dejando uno de sus poemas.
No tiene todo el mar la sal precisa,
ni belleza en la tierra el instrumento,
ni música celeste el movimiento,
ni tales lirios por enero, herriza,
ni hubo temblor en pájaro o en brisa,
ni en río, ni en caballo, ni en acento,
ni en verano o espalda se halló el viento
con una mas sabrosa y menos prisa,
como encerrada tienes, sin saberla,
de la ceja al cabello una ternura
que levanta al arroyo y al collado.
¡Ay, déjame morir de no tenerla,
orillas de la dicha y hermosura,
perdido en tu memoria y olvidado!

domingo 27 de septiembre de 2009

Usos y disfrutes de la Benemérita


Hace pocos días J.M.Ridao nos contaba en su blog una anécdota encantadora de los municipales, en el pueblo donde veranea con su familia. Mi torpeza me impide crear un enlace a su entrada ( un día de éstos he de ponerme a ello sin excusa posible).

Al leerlo recordé a la madre de unas amigas mías, señora de armas tomar, señora que ideaba con cerebro matemático cómo salir de un apuro, embrollo, duda y cualesquiera escollos propios y ajenos que osaran plantársele delante.

La susodicha dama era viajera por vocación íntima y por el trabajo de su marido. Cuando tocaba desplazamiento internacional no sé cómo se las ventilaría, pero si el trasunto íba a suceder por territorio nacional, unos días antes de la partida agarraba la guía telefónica y llamaba... ¡al cuartelillo de la población de destino!
Y ¿qué hacía? Pues ni mas ni menos que un sondeo exhaustivo de cómo ir, dónde comer, los comercios de que disponía el centro urbano, los mejores alojamientos del entorno; de paso, si era tan amable el sargento que le había cogido el teléfono, de recomendarle alguna excursión por los alrededores, los días que hubiera mercado en la zona, si había aparcamientos de fácil acceso o era mejor dejar el coche en algún otro sitio " de esos que ustedes sabrán, debido a su oficio".
Si, dada la temporada, la climatología era propicia para ésto o para lo otro; si, para mayor suerte el interlocutor era piadoso, quizás sabría los horarios de misa las fiestas de guardar....
¡Un cuestionario sin fin!
Por lo que cuentan sus hijas, la madre tuvo suerte toda la vida con sus llamadas al mas puro estilo KGB y ningún funcionario la despachó jamás con cajas destempladas. A veces, cuando lo pienso, me pregunto si formará parte de su entrenamiento en la Academia algún tipo de tortura psicológica de similares características. Cachaza para aguantar un tormento así no se adquiere a la ligera.
Espero que esta mujer, a la que conocí poquísimo, sea dicho de paso, tuviera la deferencia de acudir a los desfiles de las Fuerzas Armadas, cada año, religiosamente, para gritar al paso de la tropilla vestida de verde : ¡ Viva el Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil !


martes 22 de septiembre de 2009

Alguna secuela de Pla

El diez de agosto de 1918, Pla leía el Dietari de Francesc Rierola en el pinar del Ferriol. El que escribe un dietario, leyendo otro dietario (carambola de aficiones, pienso).
Alguien le pregunta si el libro que tiene entre manos es de Paul Bourget, casi lectura exclusiva entre los veraneantes de aquellos días y él, que rehuía parecer un pedante, contesta que si. En silencio medita sus lecturas y llega a la conclusión de que Rierola, "en vez de escribir, vocifera, grita, lanza anatemas. Es mas cómodo. Para gritar no se necesita hacer ningún esfuerzo. Gritar no es nada.../.../
El drama literario es siempre el mismo: es mucho mas difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina. "

¿No intuía yo en mi anterior entrada que este bendito Pla me íba a traer consecuencias? Helo aquí.

jueves 10 de septiembre de 2009

El cuaderno gris, un cuaderno de oro



Me esperaba desde hace un año, humilde y sereno, como sólo saben ser las almas nobles, en un estante de mi librería.
Leí el prólogo de Dionisio Ridruejo casi sin aliento, a sabiendas de que estaba abriendo las páginas de un gran libro y a la espera de encontrarme con esas bellísimas palabras escritas originariamente en catalán, cuidadosamente traducidas al castellano.
Me bastan muy pocas páginas para conocer si una obra me merece la pena o si, por contra, tiraré la toalla a la mínima de cambio y un hecho me dá la pista de inmediato (con El cuaderno gris de Josep Pla tengo un vivo ejemplo): en cada página encuentro un párrafo, una frase escrita, en apariencia, al tuntún, que es motivo y causa para la reflexión personal.
El dietario de Plá pudiera haberse escrito en nuestros días, aunque comenzara a redactarlo en 1918. Me encuentro con meditaciones de enjundia, como esta breve exclamación: ¡La familia! Cosa curiosa y complicada...( Con ella se podrían escribir entradas muy lúcidas en cualquier blog, me digo).
Unas páginas mas adelante, una irónica alusión a la gripe que arrasaba el país en el año 1918 y que no puedo pasar por alto en este post : " Ahora, finalmente, da gusto vivir en Cataluña. La unanimidad es completa. Todo el mundo está de acuerdo. Todos hemos tenido, tenemos o tendremos, indefectiblemente, la gripe."

Avanzo por El cuaderno gris con los cinco sentidos en estado puro, ineluctablemente vírgenes. Sospecho que sus páginas van a dejar en mí hondas huellas. Quizás también dejen sus marcas en este blog.

jueves 3 de septiembre de 2009

La última ola


En el instante en que bese la playa la última ola de todos los océanos, comenzará la cuenta atrás de los días que falten para el fin del mundo.

Podría ser la frase que diera comienzo a una novela. Lo difícil, como siempre, hallar el argumento de la misma, porque, con esta premisa, cualquier meollo es factible.

Una chica está en la playa, sobre la arena, en esos minutos que anteceden al sueño profundo que arrulla el mar. Atrás ha dejado un año trabajoso y no desea pensar en nada, salvo lo que el alma quiera, y ahora le ha dado por imaginar qué ocurriría si, de pronto, dejaran de sonar las olas.

¿Qué sucedería a su alrededor cuando el primer ser humano se percatara de la quietud de las aguas? ¿Cuánto tardarían en notar que no es un efecto pasajero, sino un hecho real, sin vuelta atrás? Como la pólvora, se extendería el temor por la playa, por todas las playas del mundo, en cada faro y cada puerto, en cada comandancia de marina y en todas las cofradías de pescadores. En alta mar los veleros arrancarían sus motores al cesar el viento, pero quizás serían los ultimos en enterarse de la tragedia.

Desde las costas, la noticia volaría al interior de los continentes. Los científicos del mundo entero se echarían las manos a la cabeza y el ciudadano de a pié discutiría si la culpa ha sido del efecto invernadero o de la carrera espacial. A Sarkozy lo veríamos tomar vela en este entierro saliendo en todas las cadenas de televisión, con Angela Merkel al lado, o detrás suyo, ambos serios y circunspectos. La Bruni compondría un tema con su guitarra en una sala del Palacio del Eliseo. ¿Hay ciudad mas bella para morir? Posiblemente no y por eso Carla tiene que agarrar la inspiración al vuelo y cantar en un dulce francés las palabras del cataclismo.

La chica de la playa se ha desperezado momentaneamente, inquieta por el devenir de su loca imaginación. El sentido común le dice que si se pone boca abajo la modorra volverá a apoderarse de ella, y se deja acariciar la espalda por el sol y la brisa del atardecer. Complacida comprueba que las olas siguen obedientes, acariciando también suaves la arena con su ritmo lento y desigual. La vida continúa, no hay fin del mundo a la vista, ¡ay!

Antes de sumergirse en los sueños poderosos, esos que viajan ajenos a nuestra voluntad, se promete a sí misma buscar mas tarde otros argumentos para ese libro. Nada de ciencia ficción; quizás una simple novela de costumbres, donde el amor y la muerte, que a veces se quieren tanto, vayan también de la mano de un mar que aún no ha entregado su última ola.

domingo 2 de agosto de 2009

Tchaikovsky en un pueblecito


Los hados han querido regalarme una delicia musical, cuando yo daba por finalizada mi etapa de conciertos clásicos.
Una ya empieza a dudar muy mucho de tantas casualidades de la vida, porque si entramos en honduras resulta que no es posible la cadena de hechos finamente engarzados que nos llevan a determinado lugar o situación.
Pero no voy a entrar en Tegucigalpa (la capital de Honduras).
Voy a entrar en un pueblecito segoviano que ha tenido a bien organizar tres días de conciertos al aire libre, en su plaza Mayor, con la magnífica vista al fondo de su castillo iluminado poniendo color al pentagrama.
Hace pocos días tuve la ocurrencia de llevarme a dos hermanas a visitar una tienda de antigüedades, a 18 kms de nuestra casa. Al llegar al pueblo, nos encontramos un trajín de operarios afanados en montar escenario y sillas, bajo el sol azotador de Castilla. Resultaba que esa misma noche se daba el primer concierto de una serie de tres, bajo la batuta del jóven director español Ramón Torrelledó. La Orquesta Sinfónica Estatal Rusa y la soprano Irina Starodubtseva harían las delicias de una población nada acostumbrada a estos eventos maravillosos.
El programa: Sinfonía nº 5 de Tchaikovsky, la Marcha Eslava, el vals de la Bella durmiente, la "Escena de la Carta" de Eugene Oneguin y la Obertura 1812.
Nos hicimos con cuatro entradas y nos plantamos nuevamente bajo el castillo, a las 22 h, ataviados para el evento. Una noche perfecta; aunque el sonido al aire libre pierde calidad y color, otro color suple amable lo que los oídos pierden. Un castillo medieval coronando la escena, ardiendo en ocres bajo el efecto de los focos y las estrellas. Y a la hora bruja, las 12 en el campanario, un par de copitas de Rioja , mientras alabamos la voz de la soprano y el crotoreo de las últimas cigüeñas trasnochadoras.

viernes 31 de julio de 2009

Cuando llega agosto


Cada año por estas fechas me acuerdo de lo que fueran otros veranos, hace tantos veranos.

En mi época estudiantil agosto significaba el meridiano de las vacaciones, un mes lleno de tormentas veraniegas en el campo, de amigos que se incorporaban a la panda tardiamente. Qué largos descansos estivales eran aquéllos.

Ahora es radicalmente distinto.
Mido estas fechas por semanas pues cada persona que conozco parte su descanso en quincenas. Por poco he de llevar una agenda de encuentros si quiero coincidir con mis gentes. Yo misma organizo viajes fuera de época, aunque arrastre la pesada carga del ordenador en cada uno de ellos por aquéllo de no sentirme demasiado mal con mi sentido de la responsabilidad.

Ahora bien, agosto es agosto. Ahora entiendo qué significaba este mes para mis mayores cuando yo apenas pensaba mas allá de mi bici y la piscina. Es el mes en que todo se cierra. Y yo encantada, porque durante 31 días no espero recibir emails ni llamaditas en la siesta de gente que me sería non grata.
Ahora vengan a mí las musas de la Literatura y la Música, vengan mis amigos de visita a esta casa serrana, vengan sobrinos, cervezas, meriendas, sol y agua, kilos de más, pieles tostadas.

Durante cuatro semanas pensaré como aquel escritor que lamentaba haber perdido fuerzas y tiempo en los humanos afanes. Hay demasiadas cosas bellas a mi alcance. Debería echar mano de estos pensamientos también cuando no sea agosto.


martes 28 de julio de 2009

De orfidales y otros remedios


Mi ausencia de estos días en el blog y en otros tiene sus motivos, que, al ser tantos, no viene a cuento enumerar. Lo siento, con esa punzada en las entrañas que te recuerda que estás faltando a un deber. Así mirado y sentido no resulta de ser chocante cómo tendemos a crearnos ataduras, trabajos, querencias y ligazones que nos envuelven y cortan las alas, de modo que, a las dificultades propias de la vida, le añadimos pequeñeces, o no tan pequeñeces.

Voy arrastrando una encruzijada personal mezclada con laboral (pues ambas son inseparables de hecho) y, dada mi forma de ser, también las mezclaría aunque no tuvieran absolutamente nada que ver. Qué asco de forma de ser, tan bien compartimentada y tan bien comunicada entre sí. Con lo mal ingeniero de de telecomunicaciones que yo sería y, sin embargo, qué bien me las he apañado para crearme unas conexiones dignas del Pentágono.
A lo que voy: que estoy que no duermo. Literalmente.

Amigas mías me recomendaron muy seguras "toma Orfidal". Y yo fuí muy inocentemente a comprarlo a la farmacia. ¡Ja! Si no hay receta, no hay Orfidal. Y yo no quiero ir al médico para un trastorno pasajero. Hace unos días, una farmacéutica de pueblo me regaló cinco pastillitas de tan milagroso brebaje para que hiciera la prueba, pero las he perdido entre los papeles -tan poco abultaban las benditas- así que estoy pasando mi vía dolorosa a pelo, como hacen los machotes.
Qué orgullosa me siento...
¡Y una porra! Lo que estoy es fastidiada por mi mala cabeza e irresponsabilidad, que no es sano ni cabal ir dejando pastillas a la buena de Dios, para que caigan en manos de cualquier desalmado. Y que encima ese desalmado tenga dulces sueños a costa de mis madrugadas en vela.
R. dice que haber perdido el Orfidal es señal de que no me convenía tomarlo, ni siquiera probarlo.
Pues vale. Yo, por si acaso, he decidido sustituirlo por una copa de vino antes de acostarme. Y tan ricamente que he dormido esta noche siete horas de un tirón. Viva el crianza del año 2002 con el que inicié anoche esta báquica ruta hacia Morfeo.

martes 14 de julio de 2009

La sabionda sin pies


De vuelta en el tren de Murcia, donde me habían dejado mis buenos amigos tras pasar unos beatíficos días en su casa de Almería, me enfrasqué en las Confesiones y Memorias de Heinrich Heine.
Cuenta Heine que, perdidos sus derechos de autor en las reediciones de su obra De l´Allemagne, y dado que consideraba criminales los errores que había hallado a posteriori, no le quedaba otra solución que incrustar un prólogo aclaratorio purgando sus faltas. El prólogo me parece excelso, pero sería interminable colocar una entrada con todo él.
Me tomo la licencia de transcribir algunos párrafos a sabiendas de que, al propio Heine, le parecería estupendo que alguien recordara esta expiación algún siglo después:
"....Además, en la Biblia hay historias muy bellas y curiosas, que valdría la pena que se tuvieran en cuenta; por ejemplo, justo al principio, la historia del árbol prohibido del paraíso y la serpiente, la pequeña catedrática que ya, seis mil años antes del nacimiento de Hegel, refirió toda la filosofía hegeliana. Esa sabionda sin pies demostró con mucha agudeza cómo lo absoluto consiste en la identidad de ser y conocer, cómo el hombre se convierte en Dios a través del conocimiento o, lo que es lo mismo, cómo Dios llega a tener conciencia de sí mismo en el hombre. Esta formulación no es tan clara como las palabras originales: ¡ si habéis disfrutado del árbol del conocimiento, seréis como Dios !
De toda la demostración la señora Eva sólo comprendió una cosa: que la fruta estaba prohibida, y porque estaba prohibida, comió de ella, la buena mujer. Pero, apenas acababa de comer de la seductora manzana, perdió su inocencia, su ingenua espontaneidad; vió que estaba demasiado desnuda para una persona de su posición, la madre de tantos emperadores y reyes futuros, y pidió un vestido. Claro que sólo un vestido de hojas de parra, porque por aquel entonces aún no había nacido ningún fabricante de seda de Lyon, y porque en el paraíso tampoco había maquilladoras ni modistas.
¡Oh paraíso, qué curioso! ¡ En cuanto la mujer tiene conciencia pensante, su primer pensamiento es un vestido nuevo ! ..."